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Estoy esperando en una cola. No pasa nada. Literalmente nada. Y aun así empiezo a mover el pie, mirar alrededor, revisar mentalmente si me he olvidado algo importante… como si el aburrimiento fuera peligroso. Me doy cuenta de algo incómodo: no es que no esté pasando nada. Es que no quiero quedarme a solas conmigo. El aburrimiento no es vacío. Es espacio. Y el espacio asusta porque ahí aparecen preguntas que no se responden rápido. Si huyes siempre del aburrimiento, un día la vida te parará en seco para que pienses. Y eso suele doler más. Aprende a estar quieto cuando no pasa nada. Ahí se ordena la cabeza. Te quiero hijo. Por siempre.