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La parábola del hijo pródigo cuenta algo sencillo. Un hijo menor pide su herencia en vida. Se marcha. La malgasta. Cae en la miseria. Vuelve derrotado. Y el padre, en lugar de reprocharle, lo abraza. Esa es la historia. Pero también hay otra interpretación. El hijo no huye solo por ambición o rebeldía. Huye porque no soporta la carga de ser amado. En su casa lo querían. Y precisamente por eso esperaban algo de él. Y él no estaba dispuesto a darlo. Tal vez por eso se propone no amar. Para no poner a nadie en la difícil situación de esperar algo de él. Pero el exilio enseña. Solo cuando pierde todo comprende que el problema no era el amor recibido. Era su miedo a estar a la altura. Te quiero hijo. Por siempre.