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Hay cosas pequeñas que no salen en las fotos. No hacen ruido. No parecen importantes. Pero son las primeras en perderse. Por eso escribo esto. Para que cuando crezcas, cuando todo vaya más rápido y la memoria empiece a editar, quede constancia de cómo eras cuando no estabas intentando ser nada. Esto no va de enseñarte lecciones. Va de recordarte. Empiezo por una que me hizo sonreír. En tu clase hay un miniático. Para subir hay que escalar. Solo dejan ir a los que terminan las tareas antes. Es una recompensa. Un día llegaste a casa contentísimo. —Hoy he estado en el ático. Tu madre te miró y preguntó: —Ah, entonces has acabado las tareas, ¿verdad? —Sí, sí, claro —dijiste, rápido. Ella insistió: —Entonces, si llamo a tu seño y le pregunto, me dirá que las has acabado. Y tú, sin dudar, respondiste: —Sí, claro… pero mejor no la llames. Ahí estabas tú. Honesto a medias. Astuto sin maldad. Más preocupado por mantener la historia que por la mentira. Cosas de Alex. Y por eso empiezo aquí. Porque algún día esto se te olvidará. Y no debería. Te quiero hijo. Por siempre