El texto dentro de este bloque mantendrá su espaciado original al publicarse
Hubo una temporada en la que estabas mosqueado. Te decían cosas en clase. Te tocaban donde sabían que dolía. Y tú venías cargado a casa. Así que probamos algo nuevo. Lo del y qué. Convertir el ataque en un juego absurdo. —“Eres un plátano, y qué” —“Caminas como un pato, y qué” La idea era clara… en mi cabeza. Quitarle peso. Quitarle veneno. Reírse con la situación, no contra nadie. Jugamos en casa. Te vi pillarlo. Pensé: bien, esto está funcionando. Error clásico de padre confiado. Un día llegas del cole contentísimo. Pero contento de verdad. Orgulloso. Pecho fuera. —“Papá, hoy me han echado de clase.” Yo ya empiezo a notar que algo no cuadra. Resulta que un niño te dijo algo que no te gustó. Y tú, aplicando el método y qué con entusiasmo… le soltaste, a voz en grito: —“¡y qué! ¡Pues tu padre es un calvo!” Claro. De todo el método, solo se oyó esa frase. No el contexto. No el juego. No el aprendizaje profundo. Solo: “tu padre es un calvo”. Y te echaron a ti. Lo mejor no fue eso. Lo mejor fue tu cara al contarlo. Orgullo puro. Como diciendo: “Papá, he hecho lo que me aconsejaste” Y en el fondo… sí. Habías hecho exactamente eso. Habías probado una herramienta nueva. Te habías atrevido. No te habías quedado callado por miedo. Así que me quedo con eso. Con que lo intentaste. Con que no te paralizaste. La parte que me toca a mí es explicarlo mejor la próxima vez. Porque aprender a defenderse también tiene letra pequeña. Pero oye. Para ser la primera prueba… no estuvo mal. Te quiero hijo. Por siempre