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Siempre me ha hecho gracia esa idea del “guerrero”. Uno se imagina espada, épica, música intensa de fondo. Y luego te ves a ti mismo discutiendo con alguien por WhatsApp… o rumiando una conversación de hace tres días en la ducha. Eso también es una batalla. Solo que no queda tan bien en una camiseta. La mayoría de nosotros vive como si el problema estuviera fuera: la gente, las circunstancias, la mala suerte, el día torcido. Y claro, así uno nunca pierde. Siempre hay un culpable disponible. El guerrero espiritual —el de verdad, no el de Instagram— va por otro lado. No lucha contra personas. Lucha contra sus impulsos, su orgullo, su necesidad de tener razón, su tendencia a huir o a endurecerse. No porque sea blando. Sino porque es más eficaz. Vencer a alguien fuera te da un subidón breve. Vencer una reacción automática te cambia la vida entera. Y aquí viene la parte incómoda: nadie te aplaude por eso. No hay medallas por no decir lo que ibas a decir. No hay reconocimiento por no entrar donde antes habrías entrado. Pero hay algo mejor: menos ruido dentro. El verdadero combate no te hace sentir más grande. Te hace sentir más libre. Y eso, curiosamente, es lo más parecido a ganar que he encontrado. Te quiero hijo. Por siempre