El monstruo que yo mismo alimenté

El texto dentro de este bloque mantendrá su espaciado original al publicarse

Había una tarea que llevaba semanas posponiendo.
Semanas.
Cada día parecía más grande, más complicada, más amenazante.

Hasta que un día me obligué a sentarme.
La abrí.
¿Sabes cuánto tardé?
Diez minutos.

Diez minutos para destruir el castillo de miedo que yo mismo había construido durante tres semanas.

Hijo, no te rías (o ríete, va):
lo que evitas no crece porque sea grande, sino porque tú le das de comer.

Deja de alimentarlo.
Haz el primer gesto, aunque sea mínimo, y verás que el gigante tenía los pies de cartón.

Te quiero, hijo. Por siempre
Scroll al inicio