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Hay días en los que pensar no arregla nada. Yo lo intento igual. Y empeoro. Le doy vueltas. Analizo. Me explico por qué no hago nada. Resultado: sigo sin hacer nada, pero más cansado. Ahí aprendí algo simple: cuando la mente está frita, manda el cuerpo. No hace falta épica. Moverte un poco. Respirar. Agua fría. Caminar sin objetivo. Es como reiniciar un sistema viejo: no preguntas, pulsas el botón. No todo problema se resuelve pensando mejor. Algunos se resuelven volviendo al cuerpo. Te quiero hijo. Por siempre.