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Me di cuenta que, la mayoría de las veces que hablaba, me acababa justificando. Y no es por cortesía. Es por miedo. Miedo a que el otro se enfade. Miedo a quedar mal. Miedo a no ser aceptado. El problema es que cuando te explicas de más es como si tu derecho a decidir necesitara aprobación. Y no. Tus decisiones no necesitan ser entendidas por todo el mundo para ser legítimas. Te quiero hijo. Por siempre