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Hace unos días me pasó algo curioso. Estaba intentando imprimir un documento urgente, y la impresora decidió hacer huelga justo en ese momento. Le daba al botón, salía media hoja, se atascaba, pitaba, y en un momento de frustración le solté: “¡Eres inútil, no sirves para nada!”. Lo peor es que, mientras lo decía, me di cuenta de que le estaba gritando a una máquina. A una máquina. Y pensé: esto no va de la impresora. Va de mí. De esa costumbre que tenemos de culpar a lo que está fuera para no reconocer que estamos enfadados con lo de dentro. Hijo, culpar al árbol, a la impresora o al tráfico no cambia nada. Aprender a entender por qué reaccionas así… eso sí cambia todo. La responsabilidad no te pesa: te libera. Porque cuando dejas de buscar culpables, empiezas a encontrar soluciones. Te quiero, hijo. Por siempre.