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Hay gente que cree que la excelencia es no romper nada nunca. Curiosamente, no suelen hacer gran cosa. Luego están los que rompen algo importante, se asustan… y esperan castigo. Pero a veces la respuesta correcta no es gritar, ni culpar, ni tirar los restos. Es sentarse. Recoger los pedazos. Y unirlos con cuidado, sin esconder las marcas. Las grietas quedan visibles. Y eso, lejos de restar valor, lo aumenta. La vida funciona igual. No te define lo que rompes, sino cómo lo reparas. Ni la caída, ni el error, ni la torpeza inicial. Lo que importa es si aprendes… o repites. Te quiero hijo. Por siempre.