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El otro día abrí el portátil, vi un email importante… y lo cerré. Así, sin más. Mi cerebro reaccionó como si me hubiese aparecido un tigre en el salón. Me fui a hacer café, luego recogí algo inexistente del suelo, luego volví al portátil… y otra vez lo cerré. Como si ignorarlo hiciera que dejara de existir. Tardé media mañana en admitirlo: no era pereza, era miedo. Miedo a liarla, a no estar a la altura, o a descubrir algo que no quería ver. Hijo, recuerda esto: muchas veces no procrastinas porque no te importa… sino porque te importa demasiado. Cuando lo veas venir, respira. Nombra lo que te asusta. La mitad del monstruo desaparece con la luz. Te quiero, hijo. Por siempre.