El día que “engañé” a mi cerebro… y funcionó

El texto dentro de este bloque mantendrá su espaciado original al publicarse

Tenía que hacer una tarea enorme. De esas que solo con mirarlas ya te duele el alma.
Así que hice lo que hago siempre: posponerla con elegancia.
Hasta que un día, cansado de mí mismo, me dije:

“Va, solo abro el archivo. Nada más.”

Lo abrí.
Luego pensé: “Bueno, escribo una línea. Tampoco pasa nada.”
Escribí cinco.
Sin querer, había terminado medio trabajo.

Ahí entendí el truco:
si amenazas al cerebro con algo grande, se bloquea; si lo engañas con algo pequeño, trabaja encantado.

Hijo, divide. Trocea. Hazlo ridículo.
Es la forma más honesta de engañarte para avanzar.

Te quiero, hijo. Por siempre.
Scroll al inicio