El miedo que se desinfló cuando por fin le puse nombre

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Un día tenía la cabeza hecha un nudo.
Sabía que estaba evitando una decisión, pero no sabía por qué.
Así que cogí un papel (raro en mí, lo sé) y escribí lo que sentía.

Lo puse en una frase.
Y la frase sonaba menos dramática que mi sufrimiento.
Una decepción, la verdad. Esperaba algo épico.

Resulta que nombrar el miedo lo encoge.
No es magia: es que deja de ser una sombra general y se convierte en algo concreto, manejable, casi aburrido.

Hijo, recuerda:
lo que no nombras te controla; lo que nombras se vuelve pequeño.

Te quiero, hijo. Por siempre.
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