El día que me creí más zen de lo que era

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Un amigo me dijo algo que no me gustó.
Y yo, en plan iluminado, decidí no reaccionar.
Me quedé callado, respirando profundo, como si fuera un monje tibetano.

Solo que por dentro estaba gritando.
Y al rato exploté:
“¡No, si zen estoy, pero no idiota!”.

Y claro, todo el mérito espiritual se fue por el desagüe.

Ese día entendí que la calma no es aguantar hasta explotar.
Es reconocer lo que sientes sin dejar que te domine.

A veces la verdadera paz no se nota por fuera,
sino por cómo eliges responder cuando tu orgullo pide revancha.

Te quiero, hijo. Por siempre.
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