El texto dentro de este bloque mantendrá su espaciado original al publicarse
Un día intenté motivarme a base de insultos internos. “Venga, espabila.” “Eres un desastre.” “Siempre igual.” Mi discurso interno parecía el de un entrenador frustrado, pero sin el físico para respaldarlo. Resultado: hice menos todavía. Porque a nadie le apetece trabajar bajo amenaza, ni siquiera a uno mismo. Tardé en entenderlo: la autoexigencia mata la acción. No te empuja, te hunde. Hijo, aprende esto sin pasar por mi teatro: necesitas firmeza, sí… pero no violencia. La dureza contigo mismo solo multiplica la evitación. Trátate como alguien que necesita guía, no castigo. Te quiero, hijo. Por siempre.