El día que me regañé tan fuerte que trabajé aún menos

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Un día intenté motivarme a base de insultos internos.
“Venga, espabila.”
“Eres un desastre.”
“Siempre igual.”

Mi discurso interno parecía el de un entrenador frustrado, pero sin el físico para respaldarlo.

Resultado:
hice menos todavía.
Porque a nadie le apetece trabajar bajo amenaza, ni siquiera a uno mismo.

Tardé en entenderlo:
la autoexigencia mata la acción.
No te empuja, te hunde.

Hijo, aprende esto sin pasar por mi teatro:
necesitas firmeza, sí… pero no violencia. La dureza contigo mismo solo multiplica la evitación.
Trátate como alguien que necesita guía, no castigo.

Te quiero, hijo. Por siempre.
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