El texto dentro de este bloque mantendrá su espaciado original al publicarse
Hay días raros. Te levantas y todo da igual. Lo que ayer te motivaba hoy pesa. Abres una cosa, la cierras. Empiezas otra, la abandonas. Y entonces piensas: me estoy volviendo vago. Yo también lo pensé. Hasta que entendí que no era falta de ganas, sino exceso de estímulos. Como cuando comes demasiados dulces y luego ya nada sabe bien. No estás lleno de energía. Estás saturado. El error es intentar arreglarlo con más placer: otro vídeo, otra distracción, otra excusa pequeña que promete alivio rápido. Eso solo agranda el agujero. Lo que funciona es lo contrario. Parar. Cortar. Hacer algo físico, aunque no apetezca. Una cosa pequeña bien hecha. Y después, no intentar salvar el día entero, solo una tarea. No te insultes cuando te pase. No es debilidad. Es una señal de que has gastado más de la cuenta y toca ordenar el sistema. Cuando nada te motive, no busques motivación. Busca dirección mínima. Te quiero hijo. Por siempre.