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Hijo, si no cambias, no es porque no puedas. Es porque, en el fondo, aún puedes tolerar lo que tienes. Sé que suena duro, pero es así. La gente no se transforma porque sí. Se transforma cuando lo que tiene ya no le basta. Cuando quedarse empieza a doler más que avanzar. Mientras sigas cómodo en lo incómodo, no moverás un dedo. Y ese es el peligro. Porque la comodidad puede ser dulce al principio… y asfixiante después. Y cuando te das cuenta, has perdido años. No esperes a que la vida te obligue. Sé tú quien decide el momento. Y muévete antes de que duela demasiado. Te quiero hijo. Por siempre.