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Yo siempre me he creído muy racional. Demasiado racional, quizá. Pero cada vez que tenía que empezar algo importante, salía mi frase favorita: “Ahora no es el momento ideal.” Es la frase más fina que tiene el perfeccionista para disfrazar su miedo. No dice “no puedo”. Dice “ya lo haré cuando esté todo perfecto”. Ese “cuando” nunca llega. Un día me pillé a mí mismo usando la excusa por quinta vez en un mes. Y lo entendí: no era falta de ganas, era exceso de miedo al resultado. Hijo, aprende esto cuanto antes: muchas veces procrastinar no es desinterés; es miedo a fallar con algo que te importa. La solución no es esperar el momento perfecto. Es empezar torpemente y mejorar sobre la marcha. Te quiero, hijo. Por siempre.