Necesitas aburrirte para pensar mejor

El texto dentro de este bloque mantendrá su espaciado original al publicarse

El otro día me senté en una terraza. Solo.
Había quedado conmigo mismo para “pensar un rato”, que es mi forma elegante de decir “huir del trabajo sin sentirme culpable”.

Pido un café.
Tardan.
Cinco minutos.

Y ahí empieza el espectáculo.

Primero observo las mesas. Luego las sillas. Luego a un perro que, sinceramente, parecía estar pasando por su propia crisis existencial.
Me siento como un jubilado precoz analizando el tráfico.

Y, claro, mi cerebro —que lleva años funcionando con estímulos constantes— empieza a inquietarse:
“¿Y ahora qué hacemos con… esto? ¿Este silencio? ¿Este vacío tan incómodo?”

Como no tenía nada que mirar, ni nada que leer, ni nada que escuchar, mi cabeza decidió torturarme con pensamientos que llevaba semanas esquivando:
—¿Por qué sigues aplazando ese proyecto?
—¿De verdad estás cansado o estás huyendo?
—¿Qué necesitas cambiar que no quieres admitir?

Un festival.

Y, a la vez, lo más útil que me ha pasado en semanas.
Porque en ese rato aburrido, absurdo y aparentemente inútil, llegué a conclusiones que no aparecen cuando vas corriendo, saltando de tarea en tarea como si te persiguieran.

Ahí lo entendí:
No es que no tenga claridad.
Es que nunca dejo tiempo para que aparezca.

Mi vida está tan llena de “hacer”, que no dejo hueco para “entender”.
Y resulta que el “entender” llega cuando te sientas, miras al vacío y aceptas que no pasa nada.

Ese día salí con dos aprendizajes:

-Necesito más ratos de aburrimiento programado.
-Y que el café, cuando tarda, trabaja mejor que la introspección de un retiro espiritual.

Si nunca dejas hueco, nunca escuchas nada.
Scroll al inicio