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Vivimos en un mundo que quiere todo ya. Pero lo que de verdad importa —una relación, un oficio, una vida plena— requiere tiempo. La impaciencia es la receta perfecta para la frustración. La paciencia radical, en cambio, te da calma y te permite disfrutar del proceso. Hijo, no corras siempre. Aprende a esperar, a dar espacio, a confiar en los ritmos de la vida. Te quiero hijo. Por siempre.