El día que seguí “mi estado de ánimo”… y acabé pagando el precio

El texto dentro de este bloque mantendrá su espaciado original al publicarse

Hace poco me levanté sin ganas de nada.
Es ese tipo de mañana en la que hasta el cepillo de dientes te mira y te dice: “Hoy no, mañana.....”

Mi plan era entrenar.
Mi estado de ánimo… no estaba por la labor.
Y como buen genio de la auto-sabotaje, le hice caso.

Resultado:
me quedé en casa, me preparé un café… y pasé el resto del día cabreado conmigo mismo.
No por no entrenar, sino por obedecer a la parte de mí que siempre quiere el camino fácil.

Ese día entendí algo que me habría venido bien saber antes:
las ganas no son un criterio. Son ruido.

Y lo peor:
cuando sigues tu estado de ánimo, no te libras de la carga.
Te persigue todo el día.

Así que, hijo, anótalo donde no se te pierda:
seguir el plan te da paz; seguir el estado de ánimo te da remordimiento.
Cuando dudes, haz lo pactado, no lo que te apetezca.
Sé persistente, no perfecto.

Te quiero, hijo. Por siempre.
Scroll al inicio